dilluns, 17 de setembre de 2018

No todo lo que reluce...

Vivimos en un mundo en el que la belleza, el aspecto físico, lo es todo, y no solo del ser humano, incluso la comida que compramos: esas manzanas rojas, de forma perfecta, preciosas, apetecibles, que brillan de la cantidad de cera que les ponen..., y sin sabor a nada; si es que me recuerdan tanto a las de las malvada madrastra de Blancanieves que no puedo evitar pensar en la moraleja de los cuentos, y en la estupidez del ser humano.


El aspecto lo es todo, qué más da lo que haya en el interior si rezuma belleza y perfección. En un mundo de "likes", de filtros y de enfoques, a veces tengo la sensación de que poco importa ser buena persona, tener empatía, preocuparse por el prójimo, porque todo es de cara a la galería. Y cuando crees que ya lo has visto todo, me encuentro con la noticia de que le ponen ojos de plástico al pescado para que sea más atrayente.

divendres, 14 de setembre de 2018

Como tu hija, ¡NO!

En este mundo en el que vivimos hay cosas que no alcanzo a comprender, como es el caso de la moda. Nunca me ha preocupado demasiado lo que estaba en voga, así que todavía me sorprende cuando los alumnos me dicen que "estos pantalones que llevas son tendencia" o "somos muy fans de tus camisetas", más que nada porque algunas prendas tienen sus añitos y lo achaco a que en esta vida todo es cíclico y yo ya soy, no de otra década, de otro siglo. Por fortuna, mis genes maternos me dieron una carita de cría y una piel que por fuerza confunde a todo el mundo; y mi padre, que no es precisamente guapo, me dio un pelazo que envidian hombres, mujeres e incluso algunos animales.


Pero con lo que no comulgo y en eso sí que me pongo seria en cuanto a MODA es que las madres vistan con la misma ropa que sus hijas (algo que no he visto en padres, igual se da y no me he fijado, aunque no creo). Por varios motivos, aunque los principales son: falta de identidad, ya vivieron su adolescencia y no hace falta traumatizar a la niña, ya no tenéis edad y porque no es normal, que ponerte su ropa no significa volver a la juventud, a mis ojos es más bien ridículo. 

dimarts, 11 de setembre de 2018

Entrando en la vejez

Bueno, ha llegado ese momento que tanto temía: siempre me ha gustado lo que yo llamo ropa de vieja, o sea, los topos, las prendas floreadas e incluso los volantes. Solía decir que podía llevarla porque era joven, pero hoy he visto el reflejo de mi madre al mirarme, ¡y no me ha gustado nada! De todos modos, no estaré preocupada hasta que me dé por llevar dorados y lentejuelas, ahí ya puedo comprarme un taca taca, que me va a quedar poco para la jubilación.



Sin ir más lejos, la última es que me he comprado en el supermercado pastillas efervescentes para limpiar la dentadura. Bueno, en realidad es para la ortodoncia, solamente llevo una férula para dormir, pero la deja como los chorros de oro. ¿Qué será lo próximo? ¿Un sonotone?

dilluns, 10 de setembre de 2018

Aplausos

Hay algo que nunca entenderé del teatro, de los conciertos y, en general, de los espectáculos con público: los aplausos. A ver, a mí cuando algo me gusta mucho, aplaudo. Puede ser algo que me comentan, una disertación, incluso un espectáculo; pero lo que no espero es que cada vez que trabajo me aplaudan, y eso que me pongo delante de 30 niños y me monto un espectáculo que chapó, ríete tú de cualquier monologuista del club de la risa. 


En cambio, en un concierto de música clásica, por ejemplo, cuando aparecen en escena, hala, todos a aplaudir, menos yo, claro, porque no sé si me va a gustar o no, ni si van a despertar en mí esa necesidad de elogiarlos. Pongo un ejemplo: el barrendero de mi pueblo, el otro día, me dejó la calle como los chorros del oro, que no le aplaudí porque eran las 7 de la mañana, a pesar de que la cosa era para darle un olé. En resumen, hay que ser muy ególatra para esperar que cada vez que sales al escenario la gente responda con una ovación, que ya voy motivada y he comprado mi entrada... y a esta gente no le basta con el sueldo, también necesita el reconocimiento. Anda, que si me hubieran dejado elegir a mí quién vivía y quién no en un circo romano, no sé yo cómo hubiera ido la cosa. Ahí lo dejo.

diumenge, 9 de setembre de 2018

Asesinato express

Hoy me ha dado envidia un mosquito, he pensado: seguro que esa sangre era dulce. Con eso he decidido que o bien me estoy volviendo mucho más loca, o más me vale encontrar un vicio sano con el que sustituir al otro. Sé que suena muy chungo, con el tabaco lo hice, el sustituto fue el agua, que ya me diréis, así que con tal de que sea adicción, me funciona. He pensado en llevarme zanahorias baby al trabajo, y cuando me apetezca mogollón comer chocolate negro o echarme azúcar en el café, a morder zanahorias. 



Ya os contaré, porque he tenido un inicio de trabajo durillo, mucha carga de trabajo y compañera a día de hoy incompetente, o sea, muy mala combinación. Solamente os digo que estoy localizando dónde están los puntos muertos de las cámaras de vigilancia del centro donde trabajo porque me han dicho que las escaleras pueden ser muy resbaladizas, y las estanterías de libros pueden caer encima de alguien (demasiadas series de crímenes durante el verano).

divendres, 7 de setembre de 2018

Adicta al azúcar

Bueno, mis queridos lectores, esto funciona, ya llevo dos kilitos menos en mi haber y es un buen refuerzo positivo, al final me voy a creer a mi recién encumbrada endocrina como la más mejor del reino con lo de que me iba a ver recompensada, a pesar de soñar constantemente que soy una liebre que, en lugar de perseguir a una zanahoria como señuelo para hacerla correr más, persigue a una chocolatina cuadradita, pequeñita y de una pureza de chocolate negro que olfativamente me atre irremediablemente.


Lo sé estoy con el mono, pero es que ahora mismo sería capaz de correr detrás de un bomboncito o de un terrón de azúcar, y por primera vez en este blog no va con segundas, no me refiero a dos buenorros bien fornidos, soy adicta al azúcar... ¿vendría a llamarse azucaroinómana? Ay, no sé, pero yo hace unos días no hubiese corrido por nada del mundo, como mucho para que no se me escapara el cercanías, y no lo tengo muy claro. Además, que no sé correr, hago unos aspavientos rarísimos, lo mío es andar rápido, más estilo zombi con hambre.

dijous, 6 de setembre de 2018

Me dieron la copa

Seguramente, como con toda adicción, mi desenganche del azúcar va a llevarme a estar un poco monotemática con el tema, y os va a tocar aguantarme, prometo que no va a durar mucho. Como todavía hace buen tiempo, me llevo al roncador a pasear, vamos a buen ritmito y cuando llevamos casi una horita o nos apetece nos bañamos, más o menos ir y volver del pueblo de al lado, es lo que tiene vivir en un pueblo costero; porque la endocrina dijo que hasta que no caminas mínimo 20 minutos seguidos no contaba como ejercicio (vaya, que no quemas nada).



Al grano, que me disperso, voy a contaros la alegría que me dio ayer la pulsera cuenta pasos barra reloj (sí, pongo la barra con todas sus letras porque me mola más) que me regaló el roncador: estábamos ya de vuelta, yo apretando fuerte el power house que me enseñó la profe de pilates (viene a ser un poco como cuando quieres esconder la barriga y te pones en modo faja esconde todo lo que puedas) para tener un abdomen fuerte y sentir que soy una mujer fuerte y cachas, y no puedo evitar pensar en los Power Rangers (ya conocéis el devenir de mi mente estrafalaria). Bueno, pues en esas estaba, que me pegó un zurriagazo el reloj, con lo que ya me veía en urgencias por mezclar sudor, agua salada y pulsera que da calambres, pero no, la pulsera me mostró una copa y ese fue mi premio (a mí me hubiese molado más una cucharilla de azúcar, pero me conformo con la copa).
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