dimecres, 27 de febrer de 2019

Repaso a la decoración o algo parecido

No suelo comprar revistas, hace unos años decidí que casi era un robo el precio abusivo, así que no desaprovecho ninguna sala de espera para ponerme al día (y tengo sobornadas a las chicas de la biblioteca, que me regalan las ediciones viejas, no antiguas). En eso estaba, esperando el veredicto del médico, cuando hojeé algunas revistas de decoración... ¡Menuda decepción! Eran todo casas de famosos de barrio (puesto que para mí eran unos absolutos desconocidos) con un gusto pésimo por la decoración y la harmonía.
Empecemos por el abuso del blanco con la excusa del estilo nórdico, que no cuela. Soy la primera a la que le gusta esa sensación de pulcritud, pero siendo sincera, nunca me compraría un sofá blanco porque no me duraría ni un pestañeo en ese color, y para comprar fundas siendo nuevo, ya lo cojo en otros colores, o en mi caso, de colorines, porque me puede la frase "es difícil de combinar", algo que me supone un reto indiscutible, no un imposible. Creo que ahora lo llaman punk revolution, yo lo llamo se me ha ido la olla y la que he liado. Me pasa igual con la ropa, tú dáme cuadros, rayas y rombos, que te hago un conjuntito de mil amores, estoy harta de los manidos fondos de armario, y confieso que no uso de eso. Luego está el otro extremo, los que lo quieren todo negro (eso es porque tienen muchas ventanas, u otro gallo les cantaría).


Ya me he ido del tema, lo sé. Luego están los artículos sobre cómo arriesgar e innovar en decoración, como si quedara alguna cosa por crear, pero vale, se lo compro... Aunque cualquier día nos cuelan un espacio baño/cocina/merendero, puestos a innovar.
Eso me recuerda, porque ya se me ha ido el santo al cielo hace rato, que hace poco entramos en una casa porque el albañil que tal vez, si se da el caso de que nos hace un precio que no parezca inverosímil, nos haga un apañito en el piso de abajo (no va con dobles, pervertidos), quería mostrarnos unas baldosas (ya me dirás tú si no puede traerse unas muestras). ¡Y menudo casoplón! Pues tuve la sensación de que lo único que tenía el propietario era mucho dinero, porque el gusto no se compra, me quedó claro cuando vi el enorme pescado disecado, las maletas Louis Vuitton, la tele más grande que mi bañera y los cabezales de cama dorados (solo le faltaban los querubines).

dilluns, 25 de febrer de 2019

This is The End

Los entretiempos no van conmigo. He salido a la calle con el chip de que es invierno y hay que ir abrigado, un poco más y tienen que llevarme a urgencias por una insolación. Dónde queda el frío (aparte de en mi casa, que tiene un microclima polar difícil de igualar), si he estado a punto de quitármelo todo y darme un buen bañito estival. Sí, sí, llamadme exagerada, el caso es que me ha dado un poco el sol, ¡y eso no suele pasarme a mí!


Vivo sin vivir en mí, acojonada por el cambio climático y no entiendo cómo la gente no deja de procrear, si nos estamos cargando el planeta. El otro día comentaba con un compañero que Darwin debe de estar revolviéndose en su tumba porque esto va en contra de la teoría de la evolución: las personas más preparadas, teóricamente más evolucionadas, inteligentes y mejor dotadas genéticamente, hemos decidido no tener hijos (claro, yo me incluyo entre ellas); y por el contrario, las hay que tienen familia numerosa. Ahí lo dejo.

dissabte, 23 de febrer de 2019

El sexo fuerte

Hace unos días mi padre fue a ponerse una inyección al centro de atención primaria y acabó en urgencias. Que no os sorprenda, un día me acompañó a mí porque tenía una infección de oídos descomunal y mi sorpresa fue que al cabo de unos segundos de entrar por la puerta se lo llevaron a él en silla de ruedas por peligro de hepatitis. Si es que tiene cara de enfermo, y a mí me pasa todo lo contrario.


Pues bien, estaba él esperando que lo llamaran, acojonado por un simple pinchacito (sinceramente, los hombres llevan mal lo del sufrimiento y el dolor, que lo del sexo fuerte se lo inventaron ellos, no cabe duda), cuando a alguien se le ocurrió mirarle la tensión, a mi padre, el mayor hipocondríaco del mundo, que estaba tan alterado que disparó los resultados. 


Dieciocho horas y 12 diazepan después, sin haber comido nada en todo el día, abandonaron el hospital, no sé si porque lo vieron mejor o por aburrimiento. El resultado fueron 4 desmayos solo cruzar el umbral de su casa, seguramente motivados por la medicación, y un hombre acongojado porque la vida se le escapa de las manos. Sí, mis queridos lectores, que el hombre ha llamado un par de veces a pompas fúnebres para asegurarse de que tiene el nicho a su nombre y de lo que le va a costar económicamente el entierro... a lo que yo le repito que una vez muerto estas cosas poco importan.
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